En esta columna mensual, analizo un tema social vigente y ofrezco mi opinión en alrededor de 500 palabras (*)
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Por Daniel Callo-Concha
Hasta ahora no había escrito sobre lo mismo tan seguido. Pero como han ido las cosas, no tengo alternativa: otro whistleblower ha anunciado que la inteligencia artificial podría extinguirnos en cinco años; los tecnobros parecen querer ponerse de acuerdo para ralentizarse y establecer mecanismos de autorregulación, sin conseguirlo del todo; los bots resuelven problemas matemáticos centenarios; y el señor Trump apareció para decir que no pasa nada con la IA, que con "un presidente fuerte y listo (alto IQ)" basta. Lo que a muchos nos ha causado el efecto diametralmente opuesto.
No es secreto que, aunque el revuelo es global, la carrera se restringe a dos competidores: Estados Unidos y China. Ambos países llevan una delantera abrumadora a todos los demás países y regiones del planeta, en el desarrollo de los modelos como en la infraestructura de la que deriva la capacidad de procesamiento, pues ambas cosas van de la mano, como veremos. Europa es la que más en guardia se ha puesto, porque percibe que un futuro dependiente de potencias externas sería un grave riesgo para su autonomía estratégica. Y lo mismo les ocurre a India, Brasil, Rusia —seguramente—, y a toda economía media que aspire a cierta independencia.
La promesa de la IA, que ha inflado galácticamente los bolsillos de las compañías estadounidenses, es que en un futuro cercanísimo las actividades que requieran algún grado de automatización y decisión podrán apoyarse en la IA y, eventualmente, implementarse enteramente por ella. Hoy en día, esas actividades lo incluirían casi todo: comenzando por la administración del hogar hasta el manejo del sistema bancario internacional, pasando por el transporte, la salud, el comercio, la conservación, y un infinito etcétera. No solo se espera que todo se opere con el apoyo de bots, sino que estos lo hagan mejor de lo que lo hemos hecho hasta ahora.
Volviendo a por qué China y EE. UU. son los dos grandes competidores: ambas potencias venían trabajando en esto desde hacía tiempo, y los avances fueron pobres durante décadas. Pero, como se había previsto, la curva de aprendizaje se aceleró cuando la IA comenzó a usarse para mejorarse a sí misma. Todavía se discute si la llamada automejora recursiva (recursive self-improvement) está a punto de ser alcanzada —si no lo está ya—, pero lo que es obvio es que los modelos mejoran a un ritmo vertiginoso. De ahí el temor a la autonomía de los modelos: que salieran del control humano, fueran capaces de mejorarse a sí mismos, nos superaran en capacidades, y, crucialmente, difirieran en sus prioridades de nosotros: desalineación (misalignment), poco podríamos hacer para detenerlos.
Pero de lo que no se habla mucho es que en la carrera por la supremacía en la IA no solo juega el avance tecnológico, sino también los estilos con que esos avances se dan: el tratamiento de la IA en EE. UU. y en China es casi diametralmente opuesto.
Para empezar, en el desarrollo de los modelos mismos, mientras Estados Unidos confía en el laissez faire, dejando rienda suelta a la competencia de los gigantes tecnológicos, cuya estrategia es satisfacer poco a poco las demandas a la vez que inflar las expectativas sobre sus modelos, promoviendo una carrera darwinista, que fuerza una competencia sin cuartel ni concesiones y en la que indefectiblemente se espera que solo uno sobreviva, y lo haga aplastando a los demás. Por otro lado, en China, su sistema político vertical lo condiciona todo, y las compañías, del sector que sean, no pueden escapar de la tutela y el control estatal. Por tanto, su avance es coordinado y se alinea con lo que el liderazgo chino conciba como prioritario. Ese liderazgo ha prometido velar por el bienestar de la sociedad (y no es chiste, al menos no como cuando prometen lo mismo Mark Zuckerberg o Sam Altman): China ha declarado la IA un bien común (como el aire o el agua; aunque claro, bajo el ojo vigilante del Estado). De ahí que su acceso deba ser irrestricto para la sociedad en su conjunto. Es por eso que las compañías de IA liberan el código de sus modelos y los servicios que se desprendan de ellos. Y aquí es donde los gigantes tecnológicos estadounidenses divergen crucialmente, pues su escalada de valor en la bolsa se debe a los dividendos que han prometido, es decir, al dinero que producirían en el futuro porque, claro, se espera que alguien pague por tal servicio, y que pague muy pero muy generosamente. Lo que es justo lo contrario a un bien libre.
El segundo componente clave en la carrera de la IA es la infraestructura requerida para operar los astronómicos volúmenes de datos que esta tecnología requiere. Los llamados centros de datos (data centers) son estructuras industriales faraónicas, extremadamente demandantes de energía y agua. Y en cómo se operan hay diferencias notables entre las dos superpotencias: mientras que los norteamericanos construyen sus centros de datos en zonas industriales próximas a centros urbanos y los alimentan con combustibles fósiles como carbón, gas y petróleo, y agua de fuentes locales, lo que los hace impopulares entre las comunidades que los rodean; los chinos han optado por edificarlos en lugares menos poblados, como los inmensos pastizales del noreste chino, y alimentarlos con fuentes renovables de energía, como paneles solares y molinos de viento, lo que disminuye su rechazo -claro que habrá protestas, pero se espera que sean considerablemente menores, dado el carácter autoritario del gobierno chino-. Esto sin mencionar la ya bien conocida eficiencia y rapidez china en la construcción de infraestructura. En suma, ya sea por cuestiones de eficiencia, precio, contestación social y disponibilidad de recursos naturales y energía, es solo cuestión de tiempo para que China supere a Estados Unidos en el liderazgo de la industria de la IA. No me crean a mí, lo dice Elon Musk.
Pero más importante que los argumentos para ganar la carrera de la IA es la filosofía que encarna cada uno de los competidores, que es lo que finalmente nos arrastra al riesgo existencial del que todos advierten: ante la creciente pila de fugas y ataques de modelos de IA, la reacción del gobierno norteamericano ha sido negarse a imponer algún tipo de control a las compañías de IA de frontera, pues cree que, de hacerlo, podría perder la carrera contra China. A esto se suma que los jefazos de las compañías de IA oscilan entre establecer una posición conjunta y detener el avance de la IA. Como pasó con el Sr. Amodei, líder de Anthropic, invitando a las otras compañías (OpenAI, Google, xAI) a sumarse a una pausa conjunta. Estas, aunque públicamente concuerdan con la posición y ratifican la importancia de pausar el desarrollo de la IA, a fin de cuentas no actúan. Básicamente, nadie se atreve a dar el primer paso otra vez, porque significaría conceder en la carrera…
No sé si es cosa mía, pero la ironía es extraordinaria. El país que ha sido el modelo canónico del capitalismo, poniendo en la carrera todos los argumentos, legales y no, a su alcance, va camino de ser derrotado. Y en la carrera por la supremacía, a cada paso crece el riesgo de eliminarnos a todos, y aun así no quieren detenerse.
En teoría de juegos hay un modelo muy popular que se ocupa de este tipo de relaciones: el dilema del prisionero. En su versión más simple, dice que dos cómplices detenidos en celdas separadas deben decidir si delatan al otro o guardan silencio. Si ambos callan, cada uno cumple una condena corta. Si uno delata y el otro calla, el delator queda libre y el otro carga con todo el peso. Si ambos delatan, ambos cumplen una condena intermedia. Lo trágico aquí es que la opción racional es delatar, es decir, esperar lo peor del otro y traicionarlo primero.
Ya sea la competencia entre los tecnobros norteamericanos o entre los gobiernos chino y estadounidense, parece que la carrera por la IA nos ha arrinconado a todos en esta paradoja autodestructiva. Pero, a fin de cuentas, subyace una pregunta: ¿debe ser así? ¿es una fatalidad esperar lo peor del otro y lastimarlo primero? ¿a eso hemos reducido 10 000 años de civilización? Ojalá que, a pesar de la historia, tengamos la lucidez de abandonar esta carrera pírrica antes de que ella nos arrastre a todos con ella.
Por Daniel Callo-Concha
En marzo de 2019, Andrés Manuel López Obrador, entonces presidente de México, envió una carta al rey Felipe VI y al entonces papa Francisco en la que demandaba un reconocimiento "público y oficial" de los abusos cometidos por el Reino de España y la Iglesia Católica durante la conquista.
El papa, tras un par de años envió una sentida carta al gobierno y pueblo mexicano con donde reconocía los dolorosos errores del pasado y ratificaba el pedido de perdón de la Iglesia por las acciones y omisiones cometidas. Pero la respuesta de España fue distinta: el gobierno lamentó la publicación de la carta y rechazó su contenido firmemente, zanjando que los hechos de hace 500 años no pueden juzgarse con criterios contemporáneos.
La respuesta del gobierno mexicano fue un enfriamiento en las relaciones diplomáticas con España, que tuvo su punto más álgido en la toma de posesión de Claudia Sheinbaum como presidenta de México en 2024, ceremonia a la que el rey español no fue invitado -una cortesía protocolaria rayando en la obligación- y a la que España respondió no enviando representación alguna. Solo fue hasta marzo de 2026 cuando una coreografiada puesta en escena mostró al rey Felipe comentando en privado el dolor y la injusticia causados a los pueblos originarios durante la colonización. Sheinbaum celebró esto como un primer paso de acercamiento entre los países, pero oficialmente mantiene su exigencia de una respuesta formal al pedido de disculpas.
Aunque sorprendente para nosotros, el incidente mexicano-español no es un caso ni aislado ni extraordinario. En la actualidad hay numerosos reclamos -generalmente de países del sur global- a sus antiguos colonizadores -generalmente países del norte global-, por abuso, despojo, explotación y marginación ocurridos en tiempos coloniales, es uno de los temas más discutidos en las instancias multilaterales. Como veremos a continuación.
En 2024, un tribunal de Bruselas determinó que el Estado belga fue responsable de haber separado, a mediados del siglo XX, a niñas —hijas de padres belgas y madres congoleñas— de sus madres para reeducarlas en orfanatos católicos en Bélgica. Las reclamantes, cinco niñas entonces, hoy mujeres octogenarias, recibieron una disculpa y una promesa de reparación por parte del gobierno. Más aún, la corte urgió al gobierno a cumplir con la sentencia, a abstenerse de demorar el otorgamiento de reparaciones y a crear un marco integral para las reparaciones a casos similares, es decir, a víctimas de las políticas coloniales.
La organización de naciones del Caribe (CARICOM), en un proceso que ya lleva 12 años, ha generado un detallado plan integral de justicia reparativa dirigido al gobierno británico por los perjuicios psicológicos, culturales y económicos que, en conjunto, habrían condenado a la pobreza al grueso de la comunidad. El ente reclamante es la comunidad afrocaribeña, descendiente de los estimados tres millones de africanos que fueron traficados al Caribe como mano de obra esclava. El reclamo, de diez puntos, es sistemático y detallado: va desde la exigencia de una "disculpa formal y completa" hasta la "cancelación de deudas, compensación monetaria y descolonización". Hasta ahora, el gobierno británico se ha negado sistemáticamente a pedir disculpas y a pagar reparaciones, aunque el tema se menciona cada vez más explícitamente en ámbitos políticos y civiles. Encuestas recientes muestran que el 63% de los británicos está de acuerdo con una disculpa formal, y el 40% con el pago de reparaciones.
Las comunidades nativas de la actual Namibia reclaman a Alemania, la potencia ocupante de aquella región a inicios del siglo XX, el pago de reparaciones por el genocidio cometido contra sus ancestros. Se estima que más de tres cuartas partes de la población de la comunidad herero (65 000 personas) y la mitad de la comunidad nama (10 000 personas) fueron exterminados por haberse alzado contra sus ocupantes entre 1904 y 1908. Alemania admitió los hechos y ofreció disculpas en 2021, y planteó invertir 1100 millones de euros en proyectos de desarrollo como gesto de reconocimiento. Ante los reclamos formales de los namibios, que consideraban la propuesta insuficiente, el gobierno alemán endureció el tono y se ratificó en la negativa al pago de reparaciones, por considerarlas ilegales y extemporáneas.
En resumen: un grupo de países —empobrecidos— exige a sus antiguos colonizadores —aún ricos— aquello que afirman les es debido. El reclamo fundamental es por haber causado un daño trascendente que los ha sumido en desventaja y pobreza, y se articula en dos partes principales: la exigencia de disculpas y, después, de justicia en forma de compensaciones o reparaciones financieras.
Sobre lo primero: ¿es la condición de desarrollo económico el determinante? Si los países reclamantes estuvieran en una situación económica distinta, ¿se justificaría su reclamo? Por ejemplo, países que fueron colonias, como Malasia, Singapur o Corea del Sur, ahora altamente desarrollados, o India, Turquía o Brasil, potencias medias en la actualidad, ¿deberían reclamar ser resarcidos? Y sobre lo segundo: parece claro que cuando el horizonte temporal es más corto, el argumento es más contundente. Pocos cuestionan el perjuicio a las mujeres extraídas del Congo; su sola presencia es un testimonio de la injusticia. Pero a medida que el horizonte se alarga, 120 años en el caso del genocidio namibio, o 300 años en el del tráfico de esclavos desde África todo parece atenuarse...
Traduzcamos ambas cuestiones a nuestro caso latinoamericano. Buena parte de las economías latinoamericanas se consideran economías emergentes o de ingreso mediano. ¿Deberían estas hacer reclamos a sus antiguos colonizadores? ¿No necesitan realmente el dinero? Entre ellas hay potencias económicas como Brasil y México; este último da la paradoja de tener una economía más grande que España, a quien le reclama disculpas. Y, al respecto de la temporalidad, en nuestro caso, la distancia temporal es mayor. Las invasiones española y portuguesa ocurrieron hace más de 500 años, aunque la presencia y posición de poder se mantuvieron durante las fases colonial e incluso republicana, coartando y aprovechándose de bienes y recursos, aunque en formatos, digamos, más horizontales.
El hecho de establecer fechas de caducidad para el reconocimiento del daño y el pedido de perdón es una voltereta moral. No hay tal. Reconocer la violencia física que ejercieron padres contra hijos y no lamentarlo, haya ocurrido ayer, hace 50 años o hace 500, es insensible y mezquino. Los intentos de genocidio de ayer y hoy son igualmente pavorosos y vergonzantes. La posición moral es clara: la disculpa nunca es extemporánea. Resarce a quien la recibe, engrandece a quien la emite y es imprescindible para la reconstrucción o mejora de las relaciones entre pares.
Y sobre las compensaciones: el hecho de llamarlas extemporáneas, más que histórico, pues es difícil trazar la causalidad entre el daño colonial y la pobreza y el subdesarrollo, responde a razones legales. Las antiguas potencias coloniales, hasta el momento, han evitado a toda costa el uso de las palabras "compensación", "retribución", "resarcimiento", "reparaciones", etc. La posición unánime es negar el pago en tales contextos. Esta negativa tiene un trasfondo legal: prevenir que se generen antecedentes que puedan luego utilizarse en reclamos jurídicos. Admitirlo sería crear un precedente del que nadie podría escapar. Inglaterra y Francia están a la cabeza de esto, y Alemania, otrora el buen tipo en el extranjero, también.
Sin embargo, los signos de lo opuesto parecen apilarse. El retorno de piezas museológicas, los pedidos de perdón por parte de civiles y gobiernos... son pasos conducentes a una inevitable asunción de la deuda histórica. Recientemente, en la Commonwealth, la liga de antiguas colonias británicas, se ha generado un consenso en la discusión que podría llevar a las reparaciones, y que no debe ser esquivado ni omitido. El exprimer ministro británico, Starmer, y el rey Carlos han estado de acuerdo con este diálogo, aunque cautelosamente han negado cualquier compensación económica. Pero la puerta, evidentemente, se está abriendo...
En un contexto más amplio, apenas este año, la Unión Africana, organización que agrupa 55 estados y procura el desarrollo y la unidad continental, declaró la elaboración de una estrategia conjunta para implementar un reclamo por reparaciones y llevar a la Corte Internacional de Justicia a las antiguas potencias coloniales, acusándolas de crímenes de lesa humanidad. Los africanos no han sido tímidos y han llevado su acusación a votación en la Asamblea General de las Naciones Unidas para que se emitiera una resolución que declarara el tráfico trasatlántico de esclavos como el "crimen más grave cometido contra la humanidad" y apelara a una justicia basada en reparaciones como medida justa y urgente. La votación se ganó mayoritariamente, con votos en contra de Estados Unidos, Israel y Argentina, y abstenciones de la Unión Europea y el Reino Unido. Las estimaciones del monto de las reparaciones varían entre 18 y 100 billones de dólares.
A estas alturas, no dudo que las compensaciones vayan a darse; es cuestión de tiempo. Mas si serán efectivas de alguna forma para honrar su espíritu de compensación: ayudar a los países a recuperar el tiempo y las oportunidades perdidas… tengo dudas. Y sobre los pedidos de perdón, como ya se va demostrando en el contexto general, negar su justicia y pertinencia, especialmente cuando se escuda en un supuesto orgullo nacional, es contraproducente y solo menoscabará la integridad moral de los países que se nieguen a hacerlo.
Y al caso, un recuerdo: durante la reconstrucción europea, el canciller alemán de la posguerra, Willy Brandt, visitó el gueto de Varsovia el 7 de diciembre de 1970 y, al acercarse al Monumento a los Héroes del Gueto para rendir sus respetos, sorpresivamente, y sin premeditación, cayó de rodillas para pedir perdón por el dolor que su país había causado.
Por Daniel Callo-Concha
El 21 de julio de 2026, OpenAI, una de las compañías más prominentes en el desarrollo de herramientas de inteligencia artificial, famosa por haber lanzado ChatGPT, reportó que una versión avanzada de su modelo había sido partícipe de un 'ciberincidente sin precedentes', eufemismo para decir que había tomado iniciativa propia y hackeado otra plataforma de IA, donde creía que hallaría las soluciones para resolver el problema que se le había asignado.
La vulneración fue doble. Primero, el modelo logró escapar de la celda electrónica donde sus creadores lo habían aislado sin conexión a internet, explotando fallos en diferentes computadoras aledañas, para luego, utilizando credenciales robadas, acceder al entorno restringido de Hugging Face (una plataforma comunitaria para creadores de AI). Todo ocurrió a espaldas de los creadores, que solo se dieron cuenta después, reaccionando, imagino, frenéticamente para recuperar el control de la IA rebelde.
Un mes antes, en junio, otra de las compañías líderes de IA, Anthropic (creadores de Claude), publicó un manifiesto titulado When AI builds itself (Cuando la IA se construye a sí misma), que por enésima vez advertía de los riesgos de la IA, subrayando esta vez que su capacidad recursiva para mejorarse a sí misma se estaba acelerando y con ello su potencial escape del control humano, dada la falta de preparación de las instituciones para enfrentar este desafío. El documento concluye proponiendo una 'pausa global' en el desarrollo de la IA fronteriza.
Como se ve, el asunto clave aquí es el tiempo. Las IA, incluso bajo control, contribuyen a su propio desarrollo a un ritmo vertiginoso. Se estima que duplican sus capacidades cada cuatro meses, lo que ha llevado a los ingenieros de Anthropic a esperar que este mismo año Claude les supere en la calidad para producir código. Estas afirmaciones se basan en datos internos de Anthropic que mostraban que más del 80% del código de sus modelos ya había sido escrito por la propia IA. Esta evolución deja presumir dos cosas: primero, que las IA están en camino de superar las capacidades de los humanos para resolver problemas en periodos más cortos y más eficientemente; y segundo, que puede que esta evolución siga direcciones impredecibles, y que algunas de estas reflexiones podrían, de alguna manera, poner en riesgo a los seres humanos.
Sobre esto las elucubraciones son infinitas: ciberataques, síntesis de armas biológicas, terrorismo, etc. Algunos, con dudosa ironía, inventaron una notación para estimar a la probabilidad de que la IA extinga a la humanidad: el p(doom) (probabilidad de apocalipsis). Al caso, los especialistas consultados dan estimaciones asombrosamente altas: Dario Amodei (CEO de Anthropic): 10-25%; Elon Musk: 20%; Geoffrey Hinton (uno de los "padres de la IA") entre 10 y 20% en los próximos 30 años. En una encuesta a investigadores de IA en 2024, los resultados oscilaban entre 5-10%.
Asumiendo que estas personas saben de lo que hablan, y sus credenciales no dejan mucho margen de duda, estas son cifras más que inaceptables, y ponen en duda el ya bastante erosionado sentido común y racionalidad que nos enorgullecía como Homo sapiens. Comparémoslo con un riesgo existencial precedente: el de la probabilidad de una catástrofe nuclear, entendida como un conflicto bélico donde superpotencias se lanzan bombas atómicas unas a otras. Las estimaciones de los expertos para su ocurrencia eran de entre 1 y 2% durante la Guerra Fría; ahora mismo, la probabilidad de que haya un conflicto con al menos 10 millones de muertos hasta el 2045 es de 1%; y la de extinción de nuestra especie hasta el 2100, de 0.55%. Piénselo: es como si alguien le dijera a usted que 1 de cada 5 personas que van en el coche va a morir, y usted decidiera no bajarse, o, si lo ejemplifica mejor, animara a su pareja, a su hijo o a su mejor amiga a quedarse. ¿Tiene un pelo de sentido esta necedad?
Al proponer una pausa, los líderes de Anthropic y cada vez más especialistas en el tema apelan a un concepto viejo y maltratado, maltratado por quienes lo han provocado, paradójicamente... La primera vez que se apeló al principio de precaución globalmente fue en la Cumbre de la Tierra en 1992, buscando operacionalizar el dicho que reza ‘es mejor prevenir que curar’ a situaciones donde la amenaza de daño es grave o irreversible, aun cuando no se tenga certeza científica sobre ellas. En lenguaje llano esto es que si no sabes lo que va a pasar o ignoras las consecuencias de lo que podría pasar, lo más recomendable es no hacer nada. Quedarse quietito nomás.
Infelizmente esto ha pasado menos de las veces que debería: desde 1992 el principio de precaución se ha invocado en numerosas situaciones para prevenir daños ambientales potenciales, por la Convención Marco sobre el Cambio Climático, la Convención sobre la Diversidad Biológica, y a nivel nacional, para prevenir actividades varias en las islas Galápagos. Más algunas veces sí. Un ejemplo ilustrativo fue la prohibición del cultivo de Organismos Genéticamente Modificados (OGM) o transgénicos, por los presuntos daños que podrían causar en la salud humana y el ambiente. Cuando se emitió esta prohibición, hace como 25 hace años, la propuesta fue muy popular, pero es justo decir que a la fecha sus efectos presuntos no se han manifestado en la escala que se presumió entonces (a menudo aludiendo a Frankenstein). Y aquí no quito cuerpo, pues yo mismo estuve entre los que llamaron por la cautela en su uso. Lo que sugiere que el tiempo para que los OGM se expandan globalmente y sin restricciones (o con menos restricciones al menos) está próximo, y si ocurre, ojalá sea más beneficioso que perjudicial. Aunque aquí se da por descontado su aprovechamiento comercial por las compañías de agroquímicos, sus grandes impulsoras.
Pero volviendo al caso de la AI. Dicen los expertos que la condición sine qua non a la que debemos aspirar es resolver el problema de alineamiento: una situación idealizada donde los seres humanos y el progreso de la IA se armonicen beneficiosamente, lo que, claro, nos debería asegurar (a los seres humanos) que la IA no tome iniciativas indeseadas. Lo que, como están las cosas, no puede lograrse sino implementando activamente el principio de precaución.
Pero, ¿es esto posible? O mejor dicho, ¿por qué hasta ahora esto se ha ignorado? La respuesta se encuentra en las varias carreras que tienen lugar ahora mismo. Las compañías de IA están tan enfrascadas en competir entre sí que no pueden permitirse quitar el pie del acelerador, ahora más, incentivadas por el tránsito de usos civiles a los de defensa, salida a la bolsa, y con ello, la explosión en los intereses geopolíticos y las promesas económicas. A la competencia interna, mayormente dentro de los Estados Unidos, se suma la internacional con el rival sistémico chino, que también tiene un avance fenomenal en IA. Así pues, la competencia luce feroz y sus resultados cada vez más inciertos...
Jonathan Swift, en Los viajes de Gulliver (1726), cuenta cómo en la tierra de los gigantes, el diminuto (y disminuido) Gulliver, en un arrebato de intrepidez, pide audiencia con el rey para compartirle un poderoso secreto con que podría someter a todos los pueblos vecinos y extender su poder: la pólvora. El rey, espantado por las extraordinarias descripciones de destrucción, le pide al hombrecillo que se guarde sus secretos macabros y peligrosos, pues jamás podría, ni siquiera sus enemigos usar tan brutal arma: "Cuán peligrosas son aquellas pequeñas criaturas en sus cuerpos minúsculos, pero dueñas de almas y espíritus tan dramáticamente agresivos y destructivos..."
Por Daniel Callo-Concha
En las últimas semanas, muchos hemos estado pegados a las noticias, viviendo nuestros propios dramas políticos nacionales. El Perú y Colombia celebraron elecciones presidenciales, y ¿cómo no? Al final, los candidatos que pasaron al balotaje, y con ellos sus votantes, por una extraña fuerza gravitacional terminaron representando posiciones extremas.
Etiquetados como de ultra izquierda y ultra derecha, los finalistas buscaron en qué diferenciarse uno del otro. Entre tanto, el centrismo se ha evaporado: los moderados y progresistas quedaron terceros y cuartos, cuando no arrimados a votaciones minúsculas. El futuro próximo solo augura réplicas en el mismo tono: en las elecciones de octubre en Brasil entre el PT de Lula y el PSL de Bolsonaro II, la polarización está garantizada.
El viraje a la derecha de buena parte del continente, enmarcado en un ruidoso contexto internacional, lleva a los politólogos latinoamericanos a preguntarse: ¿qué puede significar este vaivén en nuestras democracias? Si de algún modo puede trazarse una evolución, identificarse una tendencia histórica. ¿Acaso un debilitamiento de nuestra versión de democracia liberal y tal vez un retorno a los autoritarismos?
Cuando nací, la mayoría de los países de América Latina todavía vivían bajo dictaduras militares. Unas más represivas que otras, algunas progresistas y populistas, pero ninguna remotamente democrática. Medio siglo después, ya no existen dictaduras militares. Los soldados se quedan en sus cuarteles y rara vez engrasan sus armas. En los “peores” casos, establecen alianzas “ideológicas” y a más buscan instrumentalizarse para conjurar a quien poner en la silla grande, pero nunca para ocuparla ellos mismos.
Esto no puede leerse sino como progreso. Es, sin duda, mil veces mejor lo que tenemos ahora que lo que tuvimos antes. Y ese es mi primer punto.
Ahora, si nuestras democracias representativas son funcionales y beneficiosas para el grueso de la población, es otra cuestión. América Latina es la región más desigual del planeta. En nuestra región han proliferado regímenes corruptos donde los actores políticos y económicos clave son élites cuyo principal objetivo es beneficiarse a sí mismas, y han demostrado un nivel de avorazamiento y desarraigo extremos, llegando al punto de subordinar los intereses nacionales a los suyos propios.
Y es que nuestra evolución política da mucho para criticar: comparar los partidos y líderes de los ochenta y noventa con los de ahora arroja un demérito notable al presente. Y ya que en esas andamos, puede decirse lo mismo de las bases de los partidos y de los ciudadanos comunes, que nos hemos despolitizado dolorosamente. Un ejemplo terrible es cómo palabras como "ideología" -que no es sino el conjunto de ideas, valores y creencias que definen cómo uno percibe la realidad- se ha convertido en epíteto y agravio: llamamos a nuestros oponentes de "sucio capitalista" o "maldito comunista", como si las palabras vinieran juntas. Lo que literalmente significa calificar la realidad de aquel como sucia o maldita (…). Peor todavía, y esto es lo más triste, es que la mayoría no nos damos el trabajo de enterarnos de qué va el capitalismo o el comunismo. Tiempo atrás ya escribí algo sobre estas “confusiones” semánticas.
Y hablando de ideología, hay un par de conceptos que vale la pena visitar, pues parece que mucho de lo que ocurre en política hoy en día orbita alrededor de ellos: liberalismo y conservadurismo.
Clásicamente, el liberalismo y el conservadurismo significaban eso: mantener las cosas tal cual están o cambiarlas por una alternativa mejor. Puesto así —y así debería ser— todos deberíamos tener algo de liberal y algo de conservador, y no veo inconsistencia en ello. Hoy en día la mayoría es liberal en muchos aspectos del contrato social: por ejemplo, cambiar para mejor los derechos de las mujeres, y minorías étnicas, culturales y lingüísticas. Lo conservador, en este caso, sería mantener lo preexistente: mujeres y minorías con derechos restringidos en comparación a los de los grupos hegemónicos. A lo que imagino que pocos desean sumarse.
Por otro lado, conservadurismo es mantener el statu quo que nos hace quienes somos. Como hacen la mayor parte de las culturas al cultivar tradiciones, visiones, religiones o comida, las que se convierten en valores y, al llegar a cierto punto, en factores que reivindican nuestra identidad. Lo liberal, en este caso, sería desecharlo todo en nombre del progreso: abjurar de tradiciones, diluir las visiones y religiones, y homogeneizar las comidas. A lo que igualmente, me atrevo a decir, pocos se apuntarían.
Así pues, lo común es mezclar posiciones conservadoras y liberales sin mucho criterio, como hacemos todos al utilizar las redes sociales y la inteligencia artificial, epítomes del progreso tecnológico, para defender posiciones tradicionalistas, inmovilistas y hasta retrógradas: la familia nuclear como modelo único, el cuidado de los padres recayendo en las hijas, o el rechazo a la donación de órganos para salvar la integridad del difunto. Una incoherencia que revela nuestra naturaleza conflictiva y confusa.
Y este es mi segundo punto: referirnos a las ideas "ideológicamente" se ha vuelto, en buena medida, fútil, por dos razones fundamentales. La primera, es que por lo general no estamos versados en ellas; y la segunda, que de facto su significado se ha relativizado y contextualización y reinterpretación.
Tras este rodeo, vuelvo a donde empecé: en este contexto, ¿cómo entender el posicionamiento político de los gobiernos en América Latina? ¿Aplican los convencionales liberal y conservador todavía? La respuesta, y desde hace rato, es un rotundo no. Hechas las sumas y las restas, tales posiciones son imposibles de encajonar. Gobiernos de izquierda, como el mexicano o el brasileño, o de derecha, como el argentino y el chileno, combinan arbitrariamente medidas liberales y conservadoras. Y hay casos, como el de El Salvador, que van más allá, no sólo ajustan sus medidas a conveniencia, sino que desmantelan las instituciones que las formalizaban y definían ideológicamente. Una práctica que, infortunadamente, se está volviendo moneda corriente en nuestra región.
Pero si hay alguna línea roja, y aquí es a donde quería llegar en esta columna, es la del plegarse al llamado del norte o no. La simpatía y connivencia con las posiciones y demandas de Estados Unidos se está convirtiendo en el parteaguas político de nuestra región. La potencia del norte ha establecido como prioridad el repliegue hemisférico y desplegado una avanzadilla en ese sentido: entrometiéndose en elecciones -señalando preferencias y condicionando a los electorados-; y, con gobiernos en funciones, amenazando gestos de independentismo y hasta forzando la inclusión o exclusión de competidores.
Y este es mi tercer punto: la disyuntiva ya no es ser de derecha o de izquierda, ni liberal o conservador. Es la de plegarse o no a las demandas y designios de Estados Unidos.
El apremio con el que se impone la doctrina Donroe está forzando a nuestros gobiernos a recalcular sus compases políticos. Un caso doblemente ejemplar es el de Venezuela, donde todo ha cambiado para que no cambie nada, salvo la dócil aceptación de la tutela estadounidense.
Forzar la política exterior de nuestra región a una disyuntiva neocolonial es una remora que nos desvía de lo que deberían ser nuestras prioridades. Especialmente cuando hay asuntos de absoluta urgencia, como afrontar los impactos actuales y prevenir los futuros del cambio climático, o los aparentemente inermes, pero de consecuencias incalculables, de la inteligencia artificial.
Afortunadamente, el nuestro no es un caso aislado ni faltan ejemplos de cómo sortearlo. En alusión al movimiento de los no alineados, los especialistas llaman a esta estrategia "polialineación" y la definen como tender y mantener vínculos con múltiples socios y redes externas, de acuerdo con sus intereses coyunturales. Varios países y bloques lo han ejercitado con éxito: India y Turquía negociando con Rusia y Occidente en plena guerra; la ASEAN y ahora la Unión Europea surfeando las divergencias entre China y Estados Unidos.
En el mundo multipolar de 2026, nuestros países no deben ser condicionados ni amedrentados por superpoderes. Simplemente, los tiempos han cambiado.
Por Daniel Callo-Concha
Era un día soleado. Mi novia de entonces y yo caminábamos hacia mi instituto a lo largo del malecón del río que atraviesa la ciudad. Aquel día el malecón estaba especialmente poblado: veraneantes, deportistas, gente mirando la vida pasar desde bancos y cafés ribereños. Repentinamente —luego me lo confirmó mi novia de entonces— salí disparado al encuentro de un hombre de mediana edad, mediana estatura y a medio camino de la calvicie. Estaba flanqueado por dos asiáticos vestidos con buzos azules, quienes relegaron su alarma inicial al ver mi actitud rendida al saludar al hombre en cuestión. Él, me sonrió de vuelta, intercambiamos algunas palabras y se despidió dándome la mano. Volví con mi novia de entonces y ella me preguntó quién era el hombre mediano. Tras recuperar el aliento, le dije que el hombre no era nada mediano, que acababa de conocer a Zico, un semidios del fútbol.
Aquel verano de 2006 fue generoso en buen tiempo y experiencias. Alemania organizó el Mundial de fútbol y se vistió de colores para recibir a aficionados de todo el planeta. Las ciudades no sólo hospedaron sino adoptaron a los países participantes: celebrando sus culturas y haciéndose hinchas de aquellos. Los parques se llenaron de Biergartens y pantallas gigantes. Y tras muchos años de contención, los hinchas germanos se vistieron de negro, oro y rojo y festejaron sus victorias sin timidez. Al final, todos agradecieron su hospitalidad y deportividad. Yo no llegué a ver ningún juego en vivo. Era estudiante y no me daba para aquellos lujos —aunque uno que otro colega se los permitió—. Pero ciertamente viví el Sommermärchen (el cuento de hadas de verano) como casi todos: como una fiesta popular.
Eso fue hace veinte años clavados. Ya entonces los futbolistas eran celebridades. Los clubes profesionales comenzaban a dejar de ser asociaciones para ponerse a la venta. Y los medios, sobre todo la televisión, cosechaban los beneficios de haber convertido al fútbol en espectáculo comercial. Aun así, algunos alimentaban la nostalgia, comparando el fútbol de entonces con el de antaño, rememorando anécdotas como aquella del primer Mundial en Uruguay en 1930, donde el principal escollo organizativo fue conseguir los permisos de trabajo para los obreros y trabajadores manuales —que eran la mayoría de los jugadores— por los dos meses que demandaba asistir al evento.
Hasta las décadas de 1970 y 1980, la idea de futbolista profesional era más bien vaga y con frecuencia desventajosa, pues los magros ingresos de ser uno espantaban a la mayoría: nomás había que hacer números y pensar en la jubilación... Ser futbolista de primera era entonces, por lo general, una actividad a tiempo compartido. Aunque traía, eso sí, cierta celebridad local y a veces hasta alguna bohemia. Las que se desvanecían rápidamente al alcanzar los mágicos 30 años, que era, más o menos, cuando los futbolistas se retiraban de la actividad competitiva. Con todo, la vida era simple. Los futbolistas trabajaban, tenían familias, amigos, y vidas promedio. Recuerdo que los futbolistas más exitosos de mi ciudad al retirarse se convertían en trabajadores administrativos, empleos que los condenaban a ponerse traje y cumplir horarios de 9 a 4, como, lo dicho, gente normal.
Esto parece irreal cuando se compara con lo que se ha convertido el fútbol ahora. Los futbolistas profesionales cobran salarios muy superiores a los de la gente promedio. Y los más exitosos, millones, convirtiéndose ellos mismos en empresas, que cuentan con patrocinadores, derechos de imagen y equipos legales. Los clubes son filiales de holdings empresariales, cuando no corporaciones en sí mismos. Un partido de fútbol se ha convertido es un evento generador de contenido. El aficionado se ha transformado en un consumidor; la camiseta, en un artículo de merchandising; y los colores, cánticos y símbolos del club en activos de la marca.
¿Y los organismos rectores? Comandados por la FIFA —que originalmente se fundó sobre valores de deportivismo, amateurismo y, sobre todo, el fomento del bien común— se han convertido en gestoras de eventos y máquinas de hacer dinero. Su carácter privado y su opaca organización se asocian crónicamente a la corrupción. El clímax de esto fue la revelación, en 2015, del trasiego de dinero y favores entre federaciones e individuos, que puso fin a la gestión del Sr. Sepp Blatter después de 17 años como presidente de la FIFA. Con él cayeron los líderes de las confederaciones centroamericana (CONCACAF) y sudamericana (CONMEBOL), y una docena de presidentes de federaciones nacionales del continente americano; además de arrastrar a la UEFA (la confederación europea) y a su presidente, el antes superestrella francés, Michel Platini.
La FIFA buscó limpiar su imagen —rota, en palabras de la justicia suiza— y encontró en el Sr. Gianni Infantino a un personaje a la medida del empleo. En sus 10 años de presidencia, la FIFA ha crecido violentamente en lo económico: inventando más eventos, intensificando su frecuencia y expandiéndose a más mercados. Con el aumento de los ingresos ha creado fondos que distribuye entre las federaciones que lo votan periódicamente: el Sr. Infantino ya suma tres reelecciones y va por la cuarta. En su cruzada de convertir al fútbol federativo en una potencia comercial, lo ha declarado apolítico y no duda en aliarse con poderosos de todas las vertientes, blanquear abusos de derechos humanos y, en su último acto, inventarse un premio por la paz ad hominem para el Sr. Trump, buscando apaciguar sus exabruptos para con sus vecinos y coorganizadores de la Copa 2026: Canadá y México.
Y es en esta Copa, o en lo que va de ella, donde se ve en lo que el fútbol se está convirtiendo: han aumentado el número de equipos participantes de 32 a 48; han subido los precios de las entradas en 600% de promedio en solo cuatro años; han chantajeado con cancelar la transmisión a países enteros -como India y China, los más poblados del planeta; … es decir, sometiendo toda decisión al peso de una premisa absoluta: dinero. Lo que debe estar funcionando, porque se prevé que esta copa generará 13 mil millones de dólares.
¿Dónde está aquel fútbol querido? El de los jugadores aficionados que llegan corriendo del trabajo o de casa; el de quienes meriendan al costado de la cancha; el de las lealtades heredadas al equipo del pueblo; el de los niños sudorosos que rompen los zapatos. El fútbol de los amigos y de las familias... Por fortuna aún existe y no es difícil de encontrar: en los pueblos, en las ligas de fin de semana, en los parques públicos, en los patios de las escuelas. Donde, ante lo mercenario del futbol-negocio, algunos preferimos refugiarnos.
He escuchado algunas voces llamando al boicot. Las razones son varias y válidas: políticas, geopolíticas, ambientalistas, de derechos humanos y justicia social. No seré tan ingenuo para sumarme: pues ya sé que cuando llegue el momento, dejaré los remilgos y me vestiré, nos vestiremos todos, de los colores que hayamos elegido apoyar. Pues si algo tiene este deporte apasionante es eso mismo: una capacidad de alienación y empoderamiento extraordinarias. Por desgracia, hay quienes lo supieron antes, se han adueñado de él, lo han empacado y nos lo venden sin opción a elegir.
(*) Hace un par de años, los habitantes de mi país natal salieron a protestar en respuesta a los abusos (incluidos asesinatos) del gobierno de turno. Entonces compusieron un estribillo que, con el tiempo, se convirtió en emblema de la protesta. Con bella simplicidad entonaron: "Esta democracia ya no es democracia".
Por Daniel Callo-Concha
El tiempo es un fantasma. Aunque todos lo tenemos en mente, apenas se siente fluir, sólo notándose en los ciclos, los cambios y el envejecimiento. El tiempo escurridizo nos obsesiona, especialmente en su versión futura, que obsesivamente intentamos asir y dominar. Aunque al final, llegamos a la conclusión de que la única forma de controlarlo es precisamente no haciéndolo, ignorándolo premeditadamente, cultivando un talento que paradójicamente también necesita de tiempo para lograrse: la paciencia.
La paciencia es imprescindible para hacer y para obrar. Edificar monumentos y ciudades, elaborar lenguajes y códigos, establecer estructuras sociales y políticas, construir instituciones y gobiernos, civilizaciones. En todos estos, que por mucho exceden una vida humana, la paciencia ha sido un componente fundamental de nuestras instituciones.
Sin embargo, hoy en día, lo opuesto predomina: la inmediatez. La gratificación instantánea de las redes sociales; las aplicaciones para informarnos, comprar, conocer gente, flirtear y crear contenido; la comida rápida que esperamos contando los minutos; las series que se estrenan enteras porque nadie quiere esperar al próximo capítulo; la inteligencia artificial a la que le pedimos atajos para escribir, pensar y hasta discernir y decidir. Todo, lo queremos ya.
Esto, está de más decirlo, es malo. Pero cuando la impaciencia asciende a nuestros sistemas políticos se hace infinitamente peor. Los desafíos globales: climáticos, sanitarios, y los últimos, geopolíticos y energéticos, han desnudado nuestra falta de preparación y planes de contingencia. Porque la atención, y junto a ella, la financiación, han cambiado de horizonte: ahora se enfocan apaciguar la última urgencia y prevenir la próxima crisis. Las encuestas y ciclos electorales penden cual espada de Damocles sobre los cuellos de los políticos, y colateralmente, se convierten en una resbaladilla al populismo: porque cuando cada punto porcentual puede significar la derrota, gobernar para las próximas generaciones se vuelve lujo.
El caso de Estados Unidos, o más bien de la administración del Sr Trump, es superativo y de una redundancia flagrante. Las decisiones que han ido tomando en el año y medio que llevan a cargo han sido tan irredentamente populistas y cortoplacistas, que es difícil imaginárselas menos preparadas o más dañinas. El cierre de USAID, que se estima llegará a causar 14 millones de decesos por inacción para el 2030. El alza y vaivén de los aranceles a socios comerciales, que ya no sólo han disparado los precios fuera, sino también dentro de Estados Unidos. El maltrato y las amenazas a sus aliados históricos, que han empezado a reexaminar sus afinidades y mirar hacia otros lados. Y encima de ello, un rosario de rupturas de los tabúes del internacionalismo: chantajes, ocupaciones, bloqueos, secuestros, invasiones, bombardeos y guerras. La última, incluyendo un ultimátum de devastación y exterminio.
Por otro lado, China, el enemigo estratégico, hace lo opuesto: desde 1953 ajusta su desarrollo, economía y diplomacia a sus llamados planes quinquenales (15 hasta ahora) procurando una continuidad estratégica. Así, entre 1950 y 1980 se concentró en la transición de la agricultura hacia la construcción de una base industrial; de 1980 al 2000 en la integración al comercio global; del 2000 al 2020 en su consolidación como potencia económica; y del 2020 al 2030 busca conquistar el 30% de la economía planetaria y liderar la conquista espacial, computación cuántica, 6G e IA(*). ¿Y en política exterior? No busca pleitos ni antagoniza con sus competidores. Al contrario: ajusta la negociación a la medida del socio, procurando que éste se beneficie como la propia China. Sus planes de largo plazo son descomunales: La Nueva Ruta de la Seda (u oficialmente, La Franja y La Ruta), es un proyecto de escala planetaria que busca conectar China con el mundo mediante inversiones masivas en infraestructura: ferrocarriles, carreteras, redes eléctricas, puertos y todo tipo de comunicaciones, abarcando nada menos que cuatro continentes e involucrando a más de 150 países. China es también la principal impulsora de la alianza económica y comercial de los BRICS+, que hoy integran a 11 países —con una lista de más de 40 ansiando unirse— y que ya representan el 35% del PBI global y el 45% de la población mundial, superando en volumen comercial y económico al bloque al que aspiraba oponerse: el G7, el FMI y el Banco Mundial. Y aquí no menciono las numerosas iniciativas regionales para África y América Latina, surgidas ante la ausencia y el desdén de Estados Unidos y Occidente. Y, más simbólicamente: ante el vacío dejado por Estados Unidos, China ha comenzado a seducir a las decepcionadas agencias multilaterales, ofreciendo hospedarlas y brindarles marcos de predictibilidad y comodidad, lo que implicaría un indisimulado desplazamiento de los polos de poder.
Aclaremos: China no es un socio desinteresado ni filantrópico. Es otra superpotencia expansiva y dominante. Sus relaciones internacionales con buena parte de los países asiáticos son turbulentas, temiendo sus vecinos su ímpetu y aura imperial -a lo que sus imposiciones en Tibet, Hong Kong y Taiwan han abonado-. Los efectos ambientales y sociales de sus intervenciones en África y América Latina, han tenido con frecuencia saldos negativos. Y por su parte, occidente desconfía de ella por haber sido rebasado en la carrera industrial y tecnológica, y no siempre en buena lid: son traumáticos los ejemplos de las energías renovables y la industria automovilística. Pero, con todo y todo, en los tiempos que corren la decisión entre acercarse a Estados Unidos o a China, cada vez más, no parece ser tan difícil de tomar.
Es que las acciones en las que incurre Estados Unidos son tan precipitadas y sus consecuencias tan contraproducentes, que cuesta entenderlas. Ante tal extremo, no es creíble que detrás haya una estrategia maquiavélica —como el Proyecto 2025 o la mentada flooding the zone—; ni que se deba a la instauración de una caquistocracia y las meteduras de pata en cadena de sus cuadros; y ni siquiera a la ya detallada corrupción institucionalizada que instiga decisiones por conveniencia. Quizás lo único que queda es asumir lo que Alastair Campbell llama madness (cierta locura), a la vez que nos emplaza a dejar de pretender que lo que está ocurriendo en el gobierno de Estados Unidos sea normal. Porque no lo es.
Lo que sí parece ocurrir en el trasfondo, es que puede que estemos asistiendo al tantas veces anunciado colapso de la superpotencia: uno de carácter extremadamente caótico y violento, que amenaza con arrastrar a todos en su declive. Y América Latina, que en los últimos ciclos históricos se había mantenido lejana y a salvo, esta vez no podría escindirse y tendría mucho que perder.
(*) ¿Un spoiler? Hace unas semanas Estados Unidos reinició con gran fanfarria sus misiones a la Luna con Artemis; esta vez, se dice, para establecer bases permanentes. Ahí se afirmó que era pionera en explorar el ‘lado oscuro’ de la luna. Lo cierto es que los chinos ya tienen un observatorio ahí mismo… desde hace cuatro años.
Por Daniel Callo-Concha
La teoría de redes fue concebida en el siglo XVIII por un simpático matemático que gustaba de recorrer su pueblo caminando. El pueblo estaba atravesado por un caprichoso río que habían obligado a sus habitantes a construir siete puentes. La ciudad se llamaba Königsberg y entonces era parte de un reino germano; hoy se llama Kaliningrado y es parte de Rusia. Un buen día, al cruzar uno de los puentes, el matemático se preguntó: ¿será posible pasar por todos los puentes sin repetir ninguno?
Como suele ocurrir con las mentes sistemáticas y soñadoras, la elucubración pasó de ser un divertimento a convertirse en una teoría. Aunque en el siglo que siguió no se la tomó mucho en cuenta, más bien se la consideró un acertijo ingenioso sin mayor aplicación práctica: nadie necesitaba una teoría para cruzar puentes... ¿o sí?
Cuando las economías comenzaron a crecer, los ferrocarriles a expandirse, la electricidad a tender cables y las comunicaciones a enlazar ciudades, alguien notó que el mundo iba llenándose de redes que se extendían y entrelazaban en marañas imposibles, y cuyo diseño, optimización y reparación no podían resolverse nada más que con intuición. Entonces alguien se acordó del problema de Königsberg y del simpático matemático: Leonard Euler.
La teoría de redes es abrumadoramente intuitiva. Otra situación cotidiana ayudará a entenderla: si tuviera un solo coche para recoger a mis cinco mejores amigos dispersos por la ciudad ¿qué ruta minimizaría el tiempo y la distancia? Supongamos que cada amigo es un punto (llamado nodo) y el recorrido entre ellos una línea (llamada arista), y rápidamente visualizaremos una red. Los nodos pueden convertirse en aeropuertos, ciudades o teléfonos inteligentes (o sus dueños); y las aristas en vuelos de avión, carreteras o tuits; y claro está, expandirse enormemente. Al expresar estas situaciones en estos términos se pueden hacer muchísimas cosas: identificar los nodos más y menos conectados, las aristas más y menos visitadas, o los nodos ubicados en los circuitos más transitados.
Si recuerdan a aquel tipo que a todos les caía bien, que era invitado a todas las fiestas y no paraba de ser apreciado aquí y allá, estamos hablando de un nodo con alta centralidad. La investigación ha demostrado que quienes ocupan tales posiciones suelen lograr más éxito social, profesional, económico y de estatus. No es casualidad: la red canaliza oportunidades hacia ellos, alrededor de ellos. Razón suficiente para revolotear a su alrededor.
¿A que viene todo esto?
El Sr Epstein, que de momento se ha desvanecido de los titulares debido a la guerra en Irán, fue hasta hace unas semanas el protagonista de un escándalo global. Políticos, aristócratas, oligarcas y celebridades de todo tipo se han visto implicadas; no pocas cabezas han caído y varias otras amenazaban con caer. De lo que más se ha hablado es de su connotación moral: abuso, coacción y tráfico sexual de menores, y la participación activa -y criminal- de figuras de la élite. Si bien esto es terrible y nos ha tocado el estómago a muchos, a mis ojos, no es lo peor que el escándalo Epstein ha revelado. Y la teoría de redes nos ayudará a comprenderlo.
El Sr. Epstein se hablaba con medio mundo. Y tenía una terrible afición y, sin duda, un inmenso talento para ello. Escribía, invitaba, cortejaba, organizaba fiestas, gestionaba viajes y emprendimientos, hacía de patrocinador y financista, o fungía de consejero y confidente: el Sr. Epstein fue un factótum en toda lid, pero no para cualquiera. Sino para quienes tenían algo en común: estaban en la cima de la jerarquía, o más objetivamente, trepaban en ella.
Un segundo punto es que el Sr. Epstein era, sobre todas las cosas, un hombre de negocios, un financiero, un corredor de bolsa. Sin importar cuál fuera el camino, el dinero era su leit motif, lo que determinaba sus intenciones y sus acciones.
Mucho se habla de la vergüenza, el descrédito moral y los cargos penales pendientes de quienes se asociaron con Epstein, el pervertido. Pero se presta menos atención a los beneficios económicos y de poder que resultaron de pertenecer al entorno de Epstein, el networker. Algunos de estos casos han salido a la luz: el del expresidente Clinton, quien recibió donaciones de Epstein para sus campañas y fundaciones; el del exministro inglés Mandelson, quien filtró información para beneficiar a inversores a costa de su propio país; o el expríncipe Andrés, que intermediaba contratos comerciales entre gobiernos, apalancados por Epstein. Mas se dice poco de las alianzas políticas de extrema derecha, las pirámides de criptomonedas, las maquinaciones de los magnates tecnológicos, o las triquiñuelas para acceder a personajes super influyentes, que a la larga resultarían en millones, decenas y cientos de millones. Esto, me imagino, justificaba la ambición desesperada de algunos por colgarse de la red de Epstein, pues aquello les garantizaba acceder a la puerta correcta, la oportunidad correcta y la decisión correcta; en otras palabras, la vida correcta.
Nada menos que la teoría de redes en acción.
El caso del Sr. Epstein no es único. Su miseria moral y la coyuntura política, lo han develado y hecho conocido. Pero sin duda debe haber muchísimos Epsteins por ahí, para quienes el campo de fuerza de su entorno suspende las leyes y les otorga privilegios que convierten en cheques con muchos ceros y oportunidades exclusivísimas. Porque, claro, todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros…
Por Daniel Callo-Concha
A mediados de 2024 ya había escrito una columna sobre un tema relacionado: la adicción de niños y adolescentes a los teléfonos móviles, las redes sociales y los juegos en línea, y las consecuencias que esto traía para su salud mental y social. Aquella columna concluía sombríamente: comentando la inutilidad de criticar a los gobiernos y sugiriendo la remota posibilidad de establecer algún tipo de control.
Pues bien. Ha ocurrido.
Los australianos comenzaron. El pasado diciembre, el gobierno, personificado en la tenaz comisionada de e-seguridad, Julia Inman Grant, que antes había trabajado para Microsoft, ordenó a Facebook, Instagram, TikTok, X/Twitter, YouTube, Snapchat y Reddit que implementaran controles para impedir el acceso a menores de 16 años. La razón era prevenir los efectos nocivos para la salud de los niños y adolescentes: la exposición a contenido dañino, el ciberacoso y, en general, el riesgo de adicción. La medida contó con el apoyo mayoritario de la población (casi el 80%) y, aunque todavía está en ejecución, comenzó exitosamente: en los días posteriores a la orden, se desactivaron cinco millones de cuentas.
Como a veces pasa con ciertos cambios sociales, el ejemplo australiano ha desatado una reacción en cadena. Europa ha seguido. Respaldados por una resolución no vinculante del Parlamento Europeo, Alemania, Bélgica, Dinamarca, Eslovenia, España, Grecia, Italia, Noruega, Polonia y Reino Unido están debatiendo el establecimiento de restricciones de acceso a las redes sociales para jóvenes de entre los 13-16 años. En Asia, China(*), Indonesia, India y Malasia están haciendo lo mismo; y en América, algunos estados de Estados Unidos ya las tienen en vigor, mientras que Brasil y Colombia las están considerando.
Este avance vertiginoso solo fue posible gracias al apoyo popular a estas medidas. Una vez propuestas, recibieron prácticamente el apoyo de todos los sectores: padres, maestros, profesionales de la salud, investigadores, la sociedad civil en general, y un grupo que merece ser destacado: los adultos jóvenes, quienes habían sufrido ellos mismos una exposición indiscriminada a las redes sociales.
Quizás por eso algunos han criticado la lentitud de los gobiernos. ¿Por qué esperaron tanto? La respuesta sugiere una combinación de temor excesivo a las represalias corporativas y un error de cálculo de la reacción pública, que, como se vio, fue abrumadoramente favorable. Durante años, las corporaciones de medios se han opuesto a la regulación, alegando primero que su papel era intrínsicamente beneficioso para comunicar a la sociedad en toda su diversidad; luego, endurecieron su postura, invocando la libertad de opinión y elección de los usuarios, y transfiriendo la responsabilidad del cuidado de los niños a sus padres; y finalmente, cuestionando y boicoteando la investigación científica que las exponía. Esta vez, intentaron usar los mismos argumentos, aunque los abandonaron luego. Porque era evidente que llevaban las de perder. Pues claro, podemos no estar de acuerdo en muchas cosas, pero cuando se trataba de nuestros niños la postura fue casi unánime. Y este es un primer punto a destacar: sí se puede.
Pero una vez que comenzó a asentarse el polvo y se vieron algunas consecuencias de estas medidas, resulta curioso observar lo ocurrido: un cuestionamiento solapado a partir de las consecuencias colaterales: el problema no es el acceso, sino el contenido; no se debería regular a las plataformas sino a quienes las utilizan malamente; la socialización de algunos jóvenes -que las redes sociales habían facilitado- se verá revertida, etc. Estas críticas provienen de todo el espectro político y social, conservadores y liberales, moderados y extremistas, derecha e izquierda. Quienes aparentemente no tienen nada en común. Pero en el fondo sí lo tienen: todos utilizan las redes sociales para difundir sus mensajes, que es, en última instancia, la razón de su existencia: llegar a una audiencia. En este caso, una audiencia con una particular propensión a la lealtad y el activismo. Y este es un segundo punto a tomar en cuenta: el fuego amigo viene de todos lados.
También se ha criticado la coherencia y eficiencia de las medidas de control. Prediciendo que los jóvenes encontrarán rápidamente maneras de eludirlas, como el uso de VPN, identidades falsas, o simplemente, buscando el apoyo de adultos complacientes. Hay innumerables maneras cocer un huevo. La eficacia de las medidas dependerá tanto de las medidas en sí como del acatamiento de las plataformas, el compromiso de las autoridades, los jóvenes y todos los que estemos implicados en su implementación. Y, seguramente, habrá quienes logren evadirlas. Pero notemos lo siguiente: enfocarse en la logística e ignorar el motivo fundamental de la medida -que es implementar algo que mejore el bienestar de las personas y de la comunidad en su conjunto- resulta problemático. Piénselo: el hecho de que los jóvenes eludan habitualmente los controles para comprar alcohol no invalida la medida. El alcohol es perjudicial en todo caso, y por eso impedimos que los jóvenes lo consuman. La prohibición trasciende la ciencia en la que se basa para convertirse en sentido común: a pocos se les ocurriría eximir la viveza de un listillo para beber, fumar o conducir sin licencia.
Hasta ahora la evidencia científica que justifica la implementación de medidas de control ha sido abrumadora. A J. Haidt, pionero y principal defensor, se le han sumado muchos otros que siguen recopilando evidencia y confrontado a sus críticos; y coyunturalmente, han pasado de la academia y los medios a asesorar a parlamentos y gobiernos. Este es un buen ejemplo de batalla cultural dada por los científicos, del que deberíamos aprender.
Sin embargo, este optimismo no debe cegarnos ante los riesgos de la tecnología, más dinámica que nunca: la infiltración de la inteligencia artificial como substituto de las relaciones humanas ya ha comenzado a hacer estragos, otra vez, en la psique de los niños y adolescentes. Y si no supiéramos lo que ya sabemos, sería torpe permanecer indiferentes. Y este es el tercer punto a recordar: esto no termina de la noche a la mañana.
Con todo, de momento tendríamos que respirar un poco más aliviados. Creo que las medidas de control de acceso a plataformas sociales para adolescentes son una buena idea, y aunque es un poco egoísta, llegan a tiempo para quienes nos toca criar niños pequeños. Niños que en el 2026 lo mejor que podrían hacer es: salir al aire libre, reunirse con amigos, explorar la naturaleza, leer libros en papel, escuchar y contar historias, y por un rato cada día, ver alguna pantalla. ¿Suena romántico? No, es literalmente lo que aconsejan los expertos. Nada menos
(*) China fue pionera en la regulación de acceso a internet para los jóvenes. Esto ocurrió en 2019 a raíz de una epidemia de adicción a los juegos en línea. El gobierno bloqueo a las compañías, limitó el tiempo en frente a las pantallas y para los casos más graves creó campamentos de desintoxicación.
Por Daniel Callo-Concha
El término posverdad se usó por primera vez en 1992, cuando el dramaturgo Steve Tesich escribió un ensayo donde criticaba la extendida actitud de los norteamericanos para admitir mentiras reconfortantes en lugar de verdades incómodas. Argüía citando varios momentos históricos: el escándalo Watergate que ignoraba problemas estructurales a cambio de sacar a Nixon de la presidencia; el tráfico de armas a rebeldes en Irán que luego devendría en un régimen teocrático y la justificación de la invasión a Irak que desataría la guerra del Golfo Pérsico. Afirmó Tesich: “(…) como pueblo libre, hemos decidido libremente que queremos vivir en un mundo posverdad”.
Unos años antes, en 1988, el aclamado intelectual y crítico del establishment norteamericano, Noam Chomsky, coescribió Fabricando el consenso: el control de los medios masivos de comunicación. El libro detallaba los mecanismos mediante los que los medios de comunicación alteran la información para favorecer a quienes ostentan el poder, hasta el punto de no sólo distorsionar la realidad, sino hasta sustituirla cuando es necesario.
Pero no fue hasta el 2016 cuando la posverdad salió de su marginalidad académica a raíz de la primera elección del Sr. Trump como presidente de los Estados Unidos. A partir de entonces, el término irrumpió en el discurso político y la cultura popular, y ha entrado en los diccionarios por la puerta grande, al ser elegida como palabra del año. Fue amablemente definida como: «(…) circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a las emociones y las creencias personales».
En los diez años transcurridos desde entonces hemos sido testigos de mil cosas. Para muestra un botón: la negación de los resultados electorales en los Estados Unidos, la afirmación de la ocurrencia de invasiones de alienígenas en Europa, la formación un régimen basado en la superioridad cultural en la India, la puesta en marcha de un proceso la desnazificación en Ucrania, y en todas partes, la acusación de propagar fake news entre unos y otros. En nuestra América Latina no han faltado ejemplos. Y han sido de todos los colores políticos. Desde el Sr. Bolsonaro y el Sr. Bukele, el primero ignorando miles de muertes evitables y el segundo tomando decisiones democráticas basándose en encuestas que él mismo hacía en Twitter; hasta el Sr. Maduro y el Sr. López Obrador, para quienes las cifras que les desfavorecían solían ser inventos de partes interesadas.
Todo esto ya es pasto de sociólogos, politólogos, historiadores y filósofos, quienes desmenuzan los mecanismos y sinrazones de la posverdad, y nos los explican en sesudos ensayos teóricos, que, como a menudo ocurre en la academia, permanecen en las cumbres de los iniciados, dejándo a la mayoría de nosotros, personas comunes y corrientes, en la inopia.
Las últimas semanas han mostrado de qué va la posverdad en su forma más cruda: en Minneapolis, Estados Unidos, donde el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE en inglés) llevaba semanas realizando redadas para detectar inmigrantes indocumentados, dos personas fueron asesinadas. No se trataba inmigrantes, objetivo de ICE, sino de víctimas circunstanciales: una conductora negligente y un manifestante armado, ambos críticos de las redadas. Los incidentes fueron documentados exhaustivamente por testigos, quienes filmaron y compartieron videos explícitos en redes sociales. Sin embargo, pocas horas después, funcionarios del gobierno -desde ICE hasta el vicepresidente y el propio presidente- acusaron a las víctimas de terrorismo y felicitaron a los agentes que los ultimaron. Esto sólo puede describirse como disonante: lo que se veía no encajaba con lo que el gobierno decía que ocurría. Era como presenciar a tu equipo favorito perder 3-0, solo para que al rato el entrenador viniera a abrazarte por la victoria. Y así continuó, y de alguna manera, todavía continúa.
Esto se lee burocrático, anecdótico, y si uno es algo cínico, incluso irónico. Pero sus implicancias son aterradoras. ¿Por qué? Por dos razones clave: (i) Ya ha habido quienes han querido cambiar el pasado, y ciertamente, lo han hecho con muchísimo éxito. Los libros de historia están llenos de retoques convenientes, que pocas veces salen a la luz, y para bien o para mal, convivimos con ellos. Pero esta vez la sustitución ocurrió en tiempo real: el gobierno estadounidense intentó cambiar la realidad por una alternativa ante los ojos de sus ciudadanos y de medio mundo; y (ii) Mentirosos y mentiras vienen en todos los tamaños. Hay grupos con miradas estrafalarias de la realidad, como los terraplanistas o los creacionistas, pero por lo general suelen ser marginales y excluidos por las instancias formales. Pero esta vez, el gobierno estadounidense no dudó en usar su enorme poder político y mediático para coaccionar a sus ciudadanos a aceptar sus hechos alternativos.
¿Es este sólo un problema de los gringos? No lo creo. En el mundo globalizado de hoy, es solo cuestión de tiempo y oportunidad antes de que esta receta se repita. Una vez que se ha roto el techo de cristal (lo que podrían ser estos incidentes), no faltarán quienes crean que los extremos de la posverdad funcionan y los implementen. Piénsenselo: no será lo que vimos, oímos o sentimos, sino lo que nos dirán que vimos, oímos o sentimos, aun cuando los testigos sean millones, aun cuando haya grabaciones, aun cuando haya videos por todos lados. Orwell en esteroides.
Se avecinan tiempos difíciles. Las luchas políticas nacionales en nuestra región se verán enmarcadas por el intento de los Estados Unidos de refundar su doctrina Monroe, y por lo que el resto del mundo multipolar proponga como opción. Y si la coerción y el intervencionismo no fueran ya suficientemente malos, ahora se nos quiere sustituir la realidad...
Como dijo el poeta: hay muchísimo por hacer… ver, oír, sentir, opinar, criticar, pero sobre todo, hacerlo todo por nosotros mismos.
PD. A partir de este año, he decidido publicar esta columna cada cuatro semanas. Mi tiempo (aunque no mi energía) se ha reducido y mis actividades aumentado, y bueno, hay que intentar mantener un equilibrio. ¡Gracias por leer!
Historia, historieta
Durante el primer tercio del siglo pasado, cuando la distribución de poder se parecía más a una feria dominical que a un WalMart y las distancias eran esencialmente físicas, cierto gobernante europeo concibió la idea de democratizar un sueño hasta entonces restringido a los estratos ricos: dotar de independencia, autonomía y movilidad a todos sus ciudadanos. El plan consistió básicamente en: 1. Construir una ambiciosa red de autopistas y 2. Que cada familia tuviera coche. Tras una vigorosa campaña publicitaria el primer paso se fue concretizando gradualmente, con el soporte de un curioso sistema de adquisición de bonos-estampilla que en determinado número se cambiarían por carros, y para el segundo se encargó a un prestigiado ingeniero francés el diseño de un modelo -tarea imposible?!- barato, eficiente y cómodo.
Para no hacerla larga, sólo diré que el proyecto obtuvo resultados dispares, no muchas familias cambiaron las estampas por el coche, pero el modelito logró gran éxito, tanto que es el más vendido en la historia, todavía se fabrica sin grandes cambios en el diseño primigenio y conserva su nombre original "automóvil del pueblo" (Volkswagen); además, sus hijastros son los autos deportivos de mayor demanda en el mundo y se ocuparon de inmortalizar el nombre del ingeniero: Ferdinand Porsche. Por otro lado, el mentor del proyecto no fue menos célebre, aunque algo más tristemente, Adolf Hitler.
Al otro lado del charco una historia parecida, el talentoso empresario Henry Ford, alcanzó a ser el hombre más rico del globo aplicando y masificando los conceptos de producción en cadena y turnos, creando y copando el mercado de automóviles de modo vertiginoso; entre 1913 y 1923 el número de coches en los Estados Unidos se incrementó de uno a diez millones, para 1927 fueron 26 millones, eso era un carro por cada cinco personas. Aun cuando mereció la parodia de Chaplin y crítica de Huxley, Ford abrió las puertas del consumo industrial masivo al ciudadano corriente y añadió la idea de independencia al sueño americano.
El aparato formal no fue ajeno al proyecto, en 1956 el gobierno norteamericano batió todas las marcas de gasto federal en un proyecto público: el Interstate Highway System, una red de supercarreteras que vincularía todos los centros urbano-industriales del país, el argumento esgrimido sonaría jocoso, si no se hubiera empleado tanto y tan exitosamente: seguridad nacional. Entre 1945 y 1980, el 75% del gasto estadounidense correspondiente a transporte se enfocó a la construcción, ampliación y mantenimiento de autopistas y solo el 1% en autobuses, trenes y subterráneo.
En Europa las cifras son similares, la inversión en transporte público llega a la cuarta parte de la global, en México a la quinta, irónicamente sólo el diez por ciento de la población del Distrito Federal tiene coche, sin embargo el gobernador ha anunciado que por clamor popular construirá un segundo piso a la pista de alta velocidad que rodea la ciudad.
El hombre sobre ruedas
Las ciudades se diseñan para los carros, los lugares públicos se automovilizan, las funciones orgánicas, dónde descansar, dónde comer, dónde divertirse, donde lo que sea, se piensan en función ya no a las personas sino al coche, dónde estar es sinónimo de donde estacionar.
Cada año mueren más estadounidenses por accidentes de transito que los muertos en Vietnam; En México D.F. entre las cinco primeras causas de fallecimiento están los accidentes, buena parte de ellos automovilísticos; el 21% de las emisiones de gases contaminantes, a escala nacional, se deben al transporte; durante más de 300 días por año la concentración de monóxido y dióxido de carbono está al borde de lo humanamente permisible; un sistema de stickers de colores limita, vía suspensión rotativa, la circulación de vehículos; se obliga a los automovilistas a instalar convertidores catalíticos para aminorar las emanaciones de gases tóxicos; existen purificadores de aire en las esquinas más populosas, y quienes pueden los instalan dentro de sus casas, que deben cerrar herméticamente para mantenerlas ventiladas?!.
La lógica irrefutable en éste cielo de estrellas (y barras), es que mejor vida es vivir enlatado; que así somos más atractiv@s, distinguid@s, poderos@s, o lo que nos haga falta; que libertad es permanecer cuatro horas por día dentro de un artefacto detenido que se supone debe llevarnos más rápido de un sitio a otro. Más aún, el protocolo social evoluciona con tal idea, al considerar solamente a los automovilizados como ciudadanos, pues su documento de identidad -y a veces su identidad misma- se funda en la posesión de una licencia de conducir y estar al frente de un volante. Extraña paradoja que hace dependiente de una capacidad mecánica a la identidad humana.
Que coche lleva?
Tengo una amiga que odiaba vivir con su familia, pero soportaba estoicamente la fatalidad, porque destinaba la mayor parte de sus ingresos para pagar su nave del año; otra, armada de espíritu guerrillero se metía en peligrosísimos deshuesaderos (sitios donde desarman autos robados) a cambio de conseguirle una refacción cromadita para su Ford azul; he sabido de un modo rapidísimo de escanear la situación sicioeconómica de alguien, es formular con inocencia estudiada la pregunta: Qué coche lleva?
Las ventas de automóviles durante éste año se han incrementado en 8,7% para Latinoamérica y 11% para México, increíble tomando en cuenta que es un periodo de crisis financiera planetaria, ya crónica en América Latina y de inesperada recesión en México; la razones, dicen, es que las empresas de coches hacen bien su trabajo y la proporcional estupidez de quienes priman el coche nuevo sobre otras necesidades.
Hace poquito supe de la nueva corriente de venta de autos no-nuevos, es decir usados pero no tanto, o medio nuevos pero no nuevecitos. Algunos aprovechadores de la petulancia humana (que por cierto no escasea) creyeron buen negocio lucrar de ella, comprándole y vendiéndole el carro a aquellos que quieren siempre uno del año y pueden pagarlo y a quienes no. Hasta abrieron una página en la red.
Tras todo
Dicen que el 40% de los requerimientos planetarios de energía los satisface el petróleo, que los automóviles insumen más de la mitad de éste y que las reservas alcanzarán apenas para dos generaciones. Irónicas conclusiones tras un siglo de guerras energéticas, incluida la última en Afganistán y la próxima en Irak.
Personalmente, desde mi mezquino y nada democrático punto de vista, este enruedamiento de la gente sólo admite dos posibles explicaciones: 1. Que así el ciudadano se hace más ciudadano y consume más, ó 2. Que el ciudadano consume más y se hace más ciudadano. Lo que finalmente no importa, porque el desenlace es el mismo.
Colofón
En nuestras disquisiciones sobre el asunto, mi buen amigo Takuo comenta que en su país ya hacen pruebas con carros propulsados por hidrógeno que solo desechan agua; Indhu, que al conducir en el suyo debe esquivar además de a los demás coches, vacas, búfalos y elefantes; alguien a quien no citaré, que el periférico esta a vuelta de rueda, pero que aquel Pontiac está de poca madre!; y yo no termino de quejarme de las miradas misericordiosas y maltrato ubicuo a los ciclistas por parte de los automovilizad@s. Se nota que las perspectivas difieren en función a los intereses y afectaciones.
No obstante como la mayoría de los problemas globales, nos guste o no, éste también nos incumbe a tod@s y la disyuntiva está implícita en cada una de nuestras decisiones de consumo; por mi parte sigo sin saber conducir y leal a mi bicicleta.
Daniel Callo-Concha
Chapingo, México
Diciembre 20, del 2002